Artículo del consejero de Educación, Cultura y Deportes, Marcial Marín

Fecha de publicación:6/04/2014

Hace 400 años se apagaba la luz en la mirada de Doménico Theotocópuli, pero nos dejaba como legado atemporal la luminosidad de su obra, en la que cada pincelada estaba dotada de un brillo único, que confería a sus colores de una fuerza especial, incluso en los tonos más oscuros.

El Greco trajo a Castilla la luz del Mediterráneo. Los cálidos reflejos del sol sobre la superficie marina producían una sinfonía de tonalidades que sirvieron de inspiración al maestro de Candia. En su Creta natal aprendió los conceptos básicos de la pintura, se inició en el dominio de los detalles y en el uso del los dorados de clara inspiración bizantina. Su paso por Roma y Venecia le permitió adentrarse en las corrientes artísticas que marcaban las tendencias principales en Europa Occidental, sobre todo a la hora de plantear complejas composiciones pictóricas.

Con todo este bagaje llegó a España, con el objetivo de mostrar lo que su inagotable ingenio era capaz de expresar y con el convencimiento de que su personal visión estética lograría triunfar en la corte española. Las cosas no resultaron tal y como, probablemente, El Greco había previsto, pero siempre tuvo claro que no estaba dispuesto a traicionar sus principios artísticos con tal de alcanzar una fama efímera.

Es evidente que la personalidad de El Greco era muy peculiar, no representaba al artista “al uso”, tenía un elevado concepto del papel que tenía que desempeñar, cuya misión no podía quedar reducida a una mera copia de la realidad, sino que debía ser una reinterpretación fruto de una reflexión intelectual. No quería ser considerado un artesano sino un artista y de esta defensa de su elevado quehacer derivarán buena parte de sus litigios que le hicieron ganarse una fama de pintor polémico, al pleitear frecuentemente por la valoración de sus obras.

Para poder interpretar correctamente la propuesta estética del maestro cretense hay que adentrarse en su personalidad. De este modo entenderemos que, en realidad, era un filósofo cuyos ensayos y tratados estaban escritos con pinceladas. Sus obras son auténticas interpretaciones teológicas y filosóficas que, en muchos casos, no fueron comprendidas por sus contemporáneos, pues tanto desde un punto de vista estético como conceptual era un auténtico avanzado a su época. Por ello, tras su muerte muy poco artistas pudieron continuar la línea que había marcado, lo que le llevó a un cierto olvido durante casi 300 años. Pero, en realidad, a lo largo de esas tres centurias su obra adoptó la configuración de una crisálida que estaba esperando el momento apropiado para eclosionar y renacer como una bella mariposa con su mejor colorido.

Desde finales del siglo XIX El Greco ha recuperado su lugar privilegiado en la Historia del Arte y desde entonces nos sigue interpelando con sus obras, que parecen más actuales que nunca, con una galería de personajes cuyas miradas nos abren su alma y con un conjunto de temas religiosos que nos proporcionan el alma de los principios cristianos. Con la conmemoración del IV centenario de la muerte de El Greco nuestra región quiere mostrar la plena identificación con su defensa de principios como el esfuerzo, la innovación, la creatividad y el espíritu crítico.

Además, supone una excelente oportunidad para adentrarnos en la aportación de este excepcional artista, a través de cuya obra podremos reconocer que esos valores constituyen la esencia del alma de Castilla la Mancha.